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sábado, 20 de febrero de 2016

El baile de las auroras boreales o cómo vivir una noche ‘fantasmal’ polar

Para los vikingos eran el reflejo de las relucientes armaduras de las valkirias cuando enviadas por el dios Odín volaban de noche por los cielos. Algunos pueblos inuits las tomaban por las almas traviesas de los niños que morían al nacer, mientras que otros cuentos nórdicos aseguran que sus destellos los provocan las colas de los zorros árticos al rozar la nieve al galope. La ciencia, menos poética, zanja el origen de las auroras boreales sentenciando que se deben a las explosiones solaresen las que el astro rey lanza enormes cantidades de partículas cargadas de energía que son atraídas por el campo magnético de los polos de la Tierra y, al entrar en contacto con su atmósfera, se convierten en esos fogonazos del todo sobrenaturales. Se opte por una u otra explicación, quienes han tenido el privilegio de admirar una aurora no podrán más que coincidir por unanimidad en que se trata de una de las más conmovedoras obras maestras de la Naturaleza.
De noche, en la soledad de un helador paisaje nevado, lo que al principio se atisba como una leve cortina de brillo irá con suerte agrandándose hasta transformarse en una llamarada que verdosa o púrpura, anaranjada, de rojo intenso o de un blanco fantasmal, se pavonea por las alturas en una danza hipnótica de inalcanzable y etérea belleza. Podrá permanecer casi fija o cambiar de forma a cada instante, podrá durar horas o apenas segundos, jugando al escondite con ese público entregado que, capaz de resistir a la intemperie una respetable cantidad de grados bajo cero, la aguarda. Lo único seguro es que nunca habrá dos auroras iguales y que la incertidumbre de si finalmente hará o no su aparición es parte de su hechizo.
Aunque las ‘luces del norte’ se dan en realidad todo el año –y por supuesto también en el difícilmente accesible Polo Sur–, solo son perceptibles para el ojo humano en determinadas fechas siempre y cuando se den las condiciones apropiadas. Son caprichosas e, incluso estando en el lugar y el momento idóneos, jamás podrá tenerse la garantía absoluta de admirarlas hasta que uno no se las encuentre gravitando literalmente sobre su cabeza. En rarísimas ocasiones este emocionante fenómeno astronómico ha llegado a disfrutarse en geografías tan meridionales como las de España, aunque lo más frecuente es poderlo apreciar en los alrededores del Polo Norte geográfico, entre los 60 y 75 grados de latitud.
Noruega es uno de esos territorios privilegiados por los que salir a su encuentro. En cuanto van llegando a su fin los meses en los que el Sol de Medianoche hace clarear sus cielos, las auroras le toman el relevo durante las largas noches polares. Siempre que la actividad solar haya sido lo suficientemente importante y no haya nubes ni precipitaciones a la vista, ‘las luces del norte’ podrían verse entre el equinoccio de otoño y el de primavera, es decir del 21 de septiembre al 21 de marzo, con más probabilidades entre las seis de la tarde y la una de la madrugada y en zonas con poca contaminación lumínica, y ello incluye en este caso a la luna.
Si bien en ocasiones las auroras llegan a avistarse por todo el país, sus mejores miradores se encuentran por encima del Círculo Polar Ártico, con escenarios tan sobrecogedores como las montañosas islas Lofoten, mucho más salvajes bajo el manto de nieve que las cubre en invierno que a lo largo de sus concurridísimos veranos, o el vecino y también bellísimo aunque menos conocido archipiélago de las Vesteralen.
O, antes de llegar al último confín de la Europa continental en Cabo Norte, por las estepas cuajadas de renos de la Laponia noruega, la tierra que desde hace más de 11.000 años habitan los samis. Allí se puede esperar a las auroras guarecidos en hoteles confeccionados con bloques de hielo como los que cada temporada se levantan en las proximidades de laspequeñas ciudades de Kirkenes y Alta, o salir a buscarlas en una expedición en moto de nieve, en un trineo tirado por huskies o pertrechado sin más de unos esquís o unas raquetas de nieve.
NO DEJES DE… Recalar por las localidades sami de Karasjok y Kautokeino, conducir por las infinitas estepas nevadas de la región lapona de Finnmark, participar en un safari en motos de nieve y una expedición en trineos de perros –cuanto más larga y por parajes más solitarios, más espectacular–, llegar hasta lo alto de las mesetas en las que los renos pasan el invierno, visitar los antiquísimos petroglifos que custodia el Museo de Alta, declarados Patrimonio de la Humanidad, o alcanzar la última punta del continente en Cabo Norte.
Vueling, Ryanair y Norwegian operan vuelos directos desde numerosas ciudades españolas –muchas de ellas en la costa– a distintos aeropuertos de Noruega a precios que, si se reserva con la suficiente antelación, en ocasiones superan por poco los 100 €. Agencias especializadas en Escandinavia como Viajerum Touristforum proponen todo tipo de circuitos y rutas a medida por el país, mientras que otras especializadas en rutas de aventura, como Tarannà, suelen organizar cada año algún viaje a Noruega acompañado de un fotógrafo profesional con el que aprender a capturar las luces de las auroras. Otra forma singular de admirarlas es desde el mar, a bordo de los célebres cruceros-cargueros Hurtigruten,toda una institución que desde hace más de un siglo comunica el litoral noruego los 365 días del año y que, entre diciembre y abril, ponen en marcha su ruta Tras la Aurora Boreal.CUÁNDO IR
La temporada de auroras en Noruega va del 21 de septiembre al 21 de marzo, aunque los meses con en principio más posibilidades de verlas son octubre, febrero y marzo.
DÓNDE DORMIR
Absolutamente insólitos, los hoteles de hielo Sorrisniva Igloo(sorrisniva.no) y Kirkenes Snow Hotel (kirkenessnowhotel.com), donde hasta las camas están talladas en hielo y, atenuados los fríos con pieles de reno, se duerme a unos –5ºC. También toda una experiencia, las cabañas entre el bosque de Engholm Husky, a las afueras de la pequeña ciudad sami de Karasjok, cuyos dueños organizan los más espectaculares recorridos en trineos de perros. Y para absolutos incondicionales de las auroras, el apartamento para huéspedes del Polar Light Center de las islas Lofoten, un curioso centro donde aprenderlo todo sobre las ‘luces del norte’.
DÓNDE COMER
A excepción de los postres, presididos por deliciosas tartas caseras de frutos del bosque, la cocina noruega no resulta espectacular y sí muy cara. Incluso aunque se cene en el hotel –algo bastante habitual antes de salir a una expedición de auroras– podrán probarse exquisiteces como el verdadero salmón salvaje, truchas de sus ríos preparadas de las formas más diversas y buenos pescados y mariscos, como el bacalao o los arenques, así como guisos de caza, incluidos los de alce y reno.

viernes, 14 de agosto de 2015

En busca de atardeceres, acantilados y calas solitarias por la Ibiza más desconocida

Ibiza tiene una capacidad camaleónica para adaptarse a cada viajero. Y Es Amunts es un lugar reservado a los que buscan sentir el aliento de la naturaleza y palpar la huella de las tradiciones. Explorar este vasto territorio virgen te llevará a deambular por caminos inesperados, descender acantilados a pie y encontrar calas solitarias, incluso en estos meses estivales, cuando la isla es el epicentro del Mediterráneo.
SANT ANTONI, COMIENZO DE LA RUTA
El mejor punto de partida es Sant Antoni, con parada en cala Salada, donde arranca el territorio de Es Amunts, para continuar hasta Santa Agnès de Corona. Este municipio llano, agrícola y ganadero posee una enorme extensión de almendros y en enero y febrero esbozan un paisaje onírico gracias al manto blanco de la floración.
EN “LAS PUERTAS DEL CIELO”
Conviene que te asomes a su acantilado, bautizado como “las puertas del cielo” por los primeros hippies, contemples la pétrea belleza de los islotes de Ses Margalides y camines junto a las casas payesas encaladas, construidas a palmos y pies hace siglos. Y si tienes más sed de aventura puedes descender a pie hasta la cala de Ses Balandres por un recorrido que deja sin aliento, literal y metafóricamente.
ENTRE VIÑEDOS
De ahí a la llanura contigua, el Pla de Sant Mateu, famosa por sus vides y la elaboración de unos tintos afrutados y golosos, e inicio también de otra ruta de senderismo espectacular, la que lleva a Cala d’Albarca, con su puente de piedra modelado por la naturaleza y su costa salvaje. En las cercanías, en época de lluvias, tienes que visitar además Es Broll de Buscastell, una zona de cultivos impulsada por los árabes hace un milenio, repleta de canales, acequias y albercas.
SANT MIQUEL
Atravesando huertas y naranjales se alcanza el pueblo de Sant Miquel. Su iglesia-fortaleza del siglo XV, con una atípica planta de cruz latina y capillas decoradas al fresco, compone una postal imprescindible. A sus pies encontrarás los talleres de reconocidos artesanos y un bar-estanco de visita obligada: Can Xico de Sa Torre, donde atravesar su entrada es como retroceder cien años en el tiempo.
UN PUÑADO DE CALAS Y UNA CUEVA
En este entorno hay que descender en coche hasta algunas calas de gran belleza, como Es Portitxol, Benirràs, Es Pas de S’Illa, Caló des Multons y el Port de Sant Miquel, donde aguarda la cueva d’en Marçà, con un interesante recorrido entre estalactitas y corrientes de agua. Frente a esta, en lo alto del acantilado, despunta la imponente torre de Balanzat.
EL POBLADO DE BALÀFIA
En la zona interior de Es Amunts se encuentra el poblado de Balàfia, a pocos metros del pueblo de Sant Llorenç, una antigua alquería árabe que en tiempos medievales fue reconvertida en un conjunto de casas agrícolas atípicamente agrupadas y dotadas de torres prediales para salvaguardarse de los piratas.
SANT JOAN
Después de pasar por Sant Joan, la capital de Es Amunts, pequeña, coqueta y con un puñado de bares y comercios de lo más auténtico, camino a Portinatx se descubre un rosario de calas poco frecuentadas: Es Canaret, Cala Xarraca, S’Illot, Cala Xuclar y la escondida Cala d’en Serra, con su apacible chiringuito.
POR LA IBIZA MÁS RURAL
Desde Sant Joan tienes que descender a la aldea de Sant Vicent, antaño aislada del resto de Ibiza, en cuyos campos aún puedes observar escenas propias de la Ibiza rural. Su pequeña iglesia resulta especialmente llamativa, al igual que el santuario púnico de la cueva de Es Culleram; el Port de Ses Caletes, precioso rincón marinero, y Sa Cala de Sant Vicent, la playa más extensa del norte, abierta al islote de Tagomago. Es Amunts concluye en S’Aigua Blanca, un arenal de tradición nudista en la afueras de Sant Carles donde se impone la costumbre de zanjar el paseo en el bar Anita, eso sí, degustando una copa del denso licor de hierbas ibicencas que allí preparan.
NO DEJES DE… Conocer Benirràs, la playa mítica de Es Amunts a la caída del sol. En verano, junto al Cap Bernat, un puntiagudo monolito que se yergue en mitad del horizonte, el crepúsculo transcurre al ritmo de docenas de tambores, que componen un ritual único en la isla. Llaman la atención las casetas varadero que se arremolinan en los extremos y los chiringuitos de pescado.